Me resultaba imposible no sentir incertidumbre en medio de tanta desolación. Pude comprender lo pequeña que soy en el universo. Las montañas parecían burlarse de mis infinitas limitaciones. El pavor caminaba gélido por cada fibra de mi cuerpo. Mi aparente carencia de recurso alguno me hizo sentir sorda. Muda. Inmóvil. En ese lugar tan desoladamente habitado por el silencio. Un par de vientos proféticos de lluvia aumentaron mi desazón.
Conocí al cóndor. Al enorme cóndor que, complotado con el paisaje, también me hacía sentir diminuta y revoloteaba a millones de metros de altura, pero a la vez muy cerca. El verde de la vegetación me trajo un atisbo de esperanza. Me aferré a él con uñas y dientes. No permitiría que me dejara sola.
Las montañas continuaban alardeando de su amenazante imponencia. Me sentí cansada de tanta majestuosidad. Mis temores hacían eco en el vacío y volvían a mí con mayor estruendo. Me senté con las piernas dobladas, apretadas contra mi pecho y la cabeza apoyada en las rodillas. Comenzaba a sentir frío. La nada y el todo vigilaban mis cada vez más escasos movimientos. No sabía qué hora sería. Ya no quedaban rastros del sol y la haragana luna tampoco daba señales de vida. No sabía si caminar, gritar, escalar, llorar.
Recurrí a mi insaciable e infalible recurso de pensar. Tenía que encontrar la salida. La forma de dejar de estar perdida. Ante semejante exuberancia de quietud, mis pensamientos parecían ensordecedores soldados gigantes, marchando con artillería pesada contra mí. Y estos invencibles guerreros me anunciaban la posible llegada de otra tropa, no menos peligrosa, compuesta de la salvaje oscuridad y sus secuaces víboras y zorros. “Tal vez la luna me rescate”, pensé. “Con su luz y su encanto quizá pueda hacer algo por mí”.
Increíblemente, aunque nada parecía estar a mi favor, la esperanza era directamente proporcional a mi miedo y, a estas alturas, ya se sentía como una kilométrica bufanda que entibiaba mi cuello. Aún contaba con ella.
Levanté mi cabeza y si bien estaba en tierra firme, sentí vértigo. Me concentré en las gamas de verde de los arbustos. Algunos resecos y austeros y otros vigorosos y despampanantes. Recordé cuánto me gustaba el color verde.
Entonces, decidí reforzar mi luchadora esperanza con fe. Dicen que en momentos extremos sale a la luz todo lo que uno aprendió, adquirió, desarrolló. Incluso defectos o cualidades que uno ni sabía cargaba en su bagaje. En momentos límites uno demuestra lo que lleva dentro. Y fue entonces que descubrí que sí, que seguía teniendo fe. De algún modo, no tenía la menor idea de cómo, pero me iban a rescatar. Y la fe empezó a sentirse como una manta más cálida que una simple bufanda y cubría todo mi ser. Incluso mis combativos pensamientos. El frío dejó de ser tan frío y comencé a imaginarme llegando a casa. A esa casa desdibujada por el dolor, pero sin lugar a dudas, todavía mía.
Después de todo, de eso se trata la fe. De ver lo que no es como si fuera. De sentir que llegaste cuando aún estás en camino.
De creer para ver.
Daniela Pisano

