Valu tenía el pelo lacio, castaño, largo y unos hermosos ojos azules. Se esforzaba
mucho para que su flequillo quedara perfecto, se pasaba un largo rato acomodándoselo. Tenía indelebles bigotes de jugo Tang y una constante sonrisa que delataba que alguna travesura estaba por hacer. Era preciosa. Coqueta. Se pintaba las uñitas de rojo, se ponía un montón de pulseras, collares y medio frasco de perfume.
El toque final a su coquetería lo daba con alguna carterita. Sus colores preferidos eran el violeta y el fucsia. Era fan de Tinker Bell. Vivía siempre acelerada, como si supiera que se iba a ir prontito y que tenía mucho por hacer. Amaba baldear, pasar Blem, subir y
bajar escaleras vertiginosamente, jugar con el celular de sus tías y ayudarme a colgar la ropa, a sacar la basura y a hacer mi cama. Todo lo hacía con ímpetu, dejando siempre su impronta. Con apenas cinco años sabía bien lo que quería. Le encantaban las aceitunas, las frutillas, los tomates, el mate amargo, los sándwiches de miga y las golosinas habidas y por haber. Su paseo preferido era ir al kiosco…
En junio de 2009 comenzó con tos. Estaba ojerosa, flaquita y tenía fiebres esporádicas.
El diagnóstico siempre era neumonitis. Estuve yendo y viniendo a la clínica por casi tres meses. Unos días estaba bien y de nuevo recaía. Una madrugada la llevamos porque tenía fiebre. Me recetaron Tamiflú, en caso de que tuviera gripe A. A lo largo del día
estaba peor. Vomitaba, no se levantaba de la cama y seguía con fiebre. La volvimos a llevar y le hicieron un hemograma. Ahí nomás quedó internada. Nos decían que era algo grave en la sangre. La palabra LEUCEMIA estalló en mi mente y corazón. Dos días después le realizaron una punción en la médula y la leucemia pasó a ser una realidad, no sólo una palabra que siempre me costó pronunciar. Un 25 de agosto fue el
comienzo de cientos de pinchazos, transfusiones, punciones, quimios, corticoides, vómitos, internaciones, hematomas. Entramos a ese mundo que parecía tan distante del nuestro. Un mundo donde es verdad que los nenes sufren… y también mueren.
La leucemia es básicamente cáncer en la sangre. Para combatirla se recurre a la quimioterapia que, si bien es efectiva para atacarla, también provoca la disminución de los glóbulos rojos y blancos. Los rojos se encargan de oxigenar el cuerpo y se pueden transfundir. Los blancos protegen el cuerpo de virus y bacterias. No se sabe a ciencia cierta la causa de esta enfermedad. Valu tenía la Linfoide Aguda, la más leve. También se la llama Linfocítica o Linfoblástica. Hay un 80% de probabilidades de cura. Valu estuvo en el 20%. De hecho, no falleció de leucemia, ya que la misma ya estaba controlada. Luego de 6 meses de tratamiento, a punto de entrar en mantenimiento y poder volver a su entrañable jardín, falleció por una bacteria en su intestino (Escherichia Coli) que en horas afectó todo su cuerpito. El 26 de febrero amaneció con fiebre y vómitos. La llevamos volando al sanatorio. Entró a terapia intensiva y al otro día falleció. Su última quimio le había bajado sus glóbulos blancos a 300 y no tuvo con qué defenderse de la bacteria. Partió con una sonrisa radiante, como ella.
Hace trece años que Valu no está, pero ella se encargó de dejarnos su huella bien marcada y nos enseñó cómo tenemos que vivir. Desde que comenzó su cruel tratamiento hablaba mucho de Jesús. Un día nos preguntó cuál era su apellido. No supe qué contestar….Me pedía que le leyera la Biblia y que le cante canciones de la iglesia. Cantaba “te amo más que a mi vida, más” y “Cristo me ama”. Me decía
constantemente “te amo, ma”; “no llores, má”; “cantá”. Me hacía cantar en momentos cuando lo último que quería hacer era cantar. Me acomodaba el pelo detrás de las orejas, me hacía peinados raros y masajitos. No me quería ver llorar. Ni bien dejaba de
vomitar ya estaba bailando o saltando o pidiéndome que baldeemos.
Apenas llegábamos de las internaciones, se bajaba volando del auto, agarraba su bici y monopatín y andaba sin parar mientras saludaba a los vecinos. No le importaba estar sin pelo, decía que “estaba fresca así”. Seguía siendo coqueta y temperamental. Como no tenía pelito, para poder ponerse sus hebillas, se ponía una vincha y después sujetaba las hebillas a la misma. Su enfermedad no le quitó sus ganas de vivir. Al contrario. Peleó, peleó con todas sus fuerzas. Maduró mucho. Le cambió la carita, las facciones y teníamos charlas profundas y largas de igual a igual. Fue inmensamente feliz a pesar del dolor. Eso nos enseñó. Ni más ni menos. Una de sus canciones preferidas era “Celebra la vida”, la cantaba a todo pulmón. El nombre Valentina significa “fuerte, vigorosa, valiente” y mi hija supo hacer honor a su nombre.
Valu era mi cómplice, mi compañera de mates, compartíamos una mutua debilidad. Extraño ver Playhouse Disney con ella. Cuando cuelgo la ropa la imagino a mi izquierda ansiosa por alcanzarme los broches. Extraño su cabecita pelada con olor a jabón blanco. Las plantitas que arrancaba a los vecinos y me traía con emoción. Extraño que no me pudiera ver sentada y siempre me encontrara algo para hacer. Pasearla a upa y cantarle como si fuera todavía un bebé. Extraño buscarla al jardín. Llevarla al sanatorio para que la curen. Extraño la posibilidad que tenía de poder luchar. Extraño la que fui, porque la mejor versión de mí la enterré con ella. Vivir sin ella es caminar con el viento en contra. Es caer cada minuto en el abismo de su ausencia. Es gritar sin voz. Es tener la necesidad imperiosa de contarle esto que me pasa, así como le contaba mis cosas.
Poder contarle lo difícil que se me hace estar sin ella. Es esperar que vuelva sabiendo que no va a volver.
No sé por qué se fue tan pronto, pero sí sé que cumplió su misión y nos marcó el camino a seguir. El angosto. El de la fe. El de la valentía. El de la alegría a pesar del dolor. Por eso no voy a bajar los brazos porque ella no los bajó.
Una amiga me escribió “Valu se recibió en esta vida con honores” y así fue.
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